¿Cuántas veces hemos celebrado una palabra con fervor, solo para abandonarla en la cotidianidad de nuestras rutinas?
¿Qué diferencia existe entre quien escucha a Dios y quien le obedece?
Si la Palabra es semilla, ¿qué clase de tierra hemos permitido en nuestro corazón?
¿Por qué Dios guardaría silencio ante quien no hace nada con lo que ya le ha revelado?
Todos, en algún momento de nuestra vida espiritual, hemos anhelado escuchar la voz de Dios pronunciando nuestro nombre con claridad meridiana. La sola idea de que el Creador del universo nos hable de manera directa y particular despierta en nosotros un anhelo y un deseo que trasciende lo terrenal.
La Escritura nos revela que Dios, en su infinita soberanía, se ha valido de innumerables formas de comunicación para transmitir su mensaje a la humanidad. No nos detendremos aquí a debatir si Dios habla o no —pues definitivamente lo hace—. El Padre celestial, quien en la antigüedad habló a través de los profetas, continúa hablando hoy por medio de Su Hijo y, por ende, a través de sus hijos, los santos.
La cuestión medular que debemos enfrentar no es si Dios habla, sino esta: ¿Qué hacemos con esa Palabra cuando Él habla?
El Escenario del Culto: Euforia sin Transformación
Imagina una celebración dominical: los hermanos congregados, la música que abre el encuentro, los cantos y alabanzas que se entonan. Algunos disfrutan de la comunión fraternal; otros lloran bajo el peso glorioso del fluir del Espíritu. Luego llega el momento de la predicación, y durante su desarrollo, algunos afirman efusivamente, asintiendo con fervor a las declaraciones del predicador.
Escuchamos exclamaciones: “¡Amén!”, “¡Gloria a Dios!”, “¡Aleluya!” Algunos incluso pasan al frente, sellando la palabra con lágrimas y testimonios. Hasta este punto, todo marcha bien. No hay nada reprochable en ello. Sin embargo, el verdadero desafío no yace en ese momento. El verdadero desafío llega después del amén, cuando las puertas del auditorio se cierran y todos regresan a casa.
La pregunta crucial es: ¿Y ahora qué haces con esa Palabra?
¿Qué sucede entre tú y esa palabra revelada cuando regresas a tu hogar, cuando te enfrentas al lunes por la mañana, cuando la rutina amenaza con devorar lo escuchado? Después de recibirla, ¿hay una metamorfosis en ti, o permanecemos siendo los mismos que entró al auditorio el día anterior?
La Parábola de los Cuatro Terrenos: ¿Qué Tierra Eres Tú?
Si la Escritura emplea la metáfora de la Palabra como semilla, y nos describe a nosotros como la tierra donde cae esa semilla, entonces vale la pena preguntarnos: ¿Qué tipo de tierra eres?
Muchas veces el problema no reside en la Palabra misma, ni en el canal que Dios eligió para enviar su mensaje. El problema yace en la calidad de la tierra, en el receptor que acoge —o rechaza— ese mensaje.
Según el Evangelio de Mateo, capítulo trece, existen cuatro tipos de tierra que representan cuatro respuestas humanas ante la Palabra:
1. La tierra del camino, donde las aves rapaces devoran la semilla antes de que pueda arraigarse. Son aquellos corazones endurecidos por el tránsito constante, por la duda y el pecado, donde la Palabra es arrebatada por lo antes mencionado antes de que pueda germinar.
2. La tierra pedregosa, donde la semilla no encuentra profundidad para echar raíces. Son los entusiastas superficiales, aquellos que reciben la Palabra con gozo inmediato, pero carecen de la perseverancia necesaria para sostenerla cuando llega la tribulación.
3. La tierra de espinos, donde los afanes del mundo, el engaño de las riquezas y las codicias ahogan la semilla. Son quienes permiten que las preocupaciones terrenales sofoquen el crecimiento espiritual.
4. La buena tierra, que produce fruto abundante: al ciento, al sesenta y al treinta por uno. Son aquellos que no solo escuchan la Palabra, sino que la guardan en un corazón, produciendo fruto con perseverancia. NO solo son oidores sino hacedores de ella.
Ahora bien, estimado lector, permíteme decirte algo radical: Tú decides qué tipo de tierra ser en relación con la Palabra que recibes.
Sí, estos cuatro tipos de tierra representan cuatro categorías de creyentes, pero no son destinos inmutables. Tú posees la autoridad espiritual de decidir hoy, en este preciso instante, qué clase de tierra ser.
Ser la tierra del camino, la tierra pedregosa, la tierra invadida por espinos, o la buena tierra es una decisión que solo tú puedes tomar. Tú eliges cómo responderás a esa Palabra que Dios ha depositado en tu espíritu.
El Silencio de Dios
Observa esto: la semilla ya fue sembrada. La Palabra de Dios ya fue liberada sobre tu vida. Pero ahora depende enteramente de ti decidir qué harás con esa revelación que has recibido.
Si en algún momento Dios te habló, te ordenó que hicieras algo y no lo hiciste, y ha transcurrido un largo tiempo… si sientes un silencio ensordecedor de parte de Dios y anhelas que te vuelva a hablar como antes… entonces, quizás, no deberías pedirle que te hable nuevamente.
¿Por qué? Porque Él sabe que probablemente no harás nada con esa nueva palabra tampoco.
Suena duro, lo reconozco. Pero lo he presenciado una y otra vez en innumerables cristianos: el ciclo vicioso de la revelación sin obediencia, del conocimiento sin transformación.
La Praxis de la Palabra: De la Universidad Espiritual a la Vida Real
Entonces, ¿qué debes hacer después de escuchar una Palabra de parte de Dios? Ponerla en práctica. Yo llamo a esto la praxis de la Palabra.
Todo profesional, después de graduarse de la universidad y obtener su licenciatura, la recibe con un propósito: desarrollar una praxis de aquello para lo cual se preparó durante años. De nada le valdría el título enmarcado en la pared si jamás ejerce su profesión.
Del mismo modo, de nada nos sirve acumular conocimiento bíblico, asistir a conferencias, escuchar enseñanzas y recibir palabra profética si no es encarnada en nuestra vida diaria.
Santiago, con su característica franqueza apostólica, nos exhorta:
“Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra, pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural”. (Santiago 1:22-23)
La Traducción en Lenguaje Actual lo expresa así:
“¡Obedezcan el mensaje de Dios! Si lo escuchan, pero no lo obedecen, se engañan a ustedes mismos y les pasará lo mismo que a quien se mira en un espejo: tan pronto como se va, se olvida de cómo era”.
Reflexiones Incómodas que Debemos Enfrentar
Vale la pena detenernos y reflexionar sobre varios elementos cruciales alrededor de estos versículos:
Del porcentaje de congregantes que asisten fielmente a nuestras reuniones, ¿cuántos son meramente oidores profesionales?
Santiago afirma que ser solamente oidor es engañarse a sí mismo. En ese sentido, debemos preguntarnos: ¿Cuántos creyentes viven atrapados en el autoengaño espiritual?
Santiago emplea una ilustración poderosa: estos creyentes son como aquellos que se contemplan en un espejo y, al alejarse, olvidan inmediatamente cómo lucían. Esta es la tragedia de muchos creyentes contemporáneos: en las reuniones reciben la Palabra con euforia y entusiasmo, pero al llegar a casa se les olvida por completo ponerla en práctica. Lamentablemente, son creyentes que sufren de amnesia espiritual.
El Ejemplo Supremo: Cristo, el Hacedor por Excelencia
Jesucristo es nuestro modelo supremo. Él no vino simplemente a escuchar la voz del Padre, sino a ejecutar sus obras. No fue un oidor pasivo, sino un hacedor activo de la voluntad divina. Como Él mismo declaró: “He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. (Juan 6:38)
El Llamado: Cuando la Palabra se Hace Carne en Nosotros
No es tiempo solo de oír, ha llegado el tiempo de otorgarle praxis a la Palabra que hemos recibido. Es el momento de poner en práctica aquello que Él está iluminando. Es la hora de permitir que esa Palabra penetre tan profundamente en nuestro ser que se haga carne en nuestros huesos, médula en nuestro espíritu, aliento en nuestros pulmones.
- No basta con conocer la Palabra; debemos convertirnos en el mensaje viviente de esa Palabra.
- No es suficiente con aplaudir la verdad; debemos encarnarla.
- No alcanza con llorar en el culto; debemos vivir en obediencia fuera de él.
La Pregunta Final
¿Y tú, qué haces con la Palabra que escuchas?
Esta no es una pregunta retórica. Es una interrogante que exige una respuesta honesta, un autoexamen sin concesiones. Porque al final del día, tu respuesta determinará no solo tu compromiso con Dios, sino también la efectividad de tu testimonio en este mundo que tanto necesita ver a Cristo manifestado en los santos.
La Palabra ya fue sembrada. La semilla ya cayó en tu tierra. Ahora tú decides: ¿Serás el camino endurecido, el pedregal superficial, el terreno invadido por espinos, o la buena tierra que produce fruto abundante? La elección, estimado lector, siempre ha sido tuya.







Excelente reflexión, que en ocasiones se pasa por alto… Es importante hacernos un autoexamen para darnos cuenta si vamos dando fruto, ó solo vivimos de apariencias fingiendo ante los que nos ven..
Ese fruto debe verse en todo lugar dónde pisen nuestros pies, estar atentos que expresamos, si la verdad Cristo EN nosotros) se está manifestando, Ser Embajadores del Reino mientras Dios permita nuestra estadía en la tierra!
Gracias Pastor!
El Espíritu Santo de Dios, le siga preparando!
Gracias Yurayma por la gentileza de tomarte el tiemppo de leerlo, no olvides compartir estos escritos con otros. Paz en Cristo.